Cebollas
Y otros sueños febriles.
No encuentro muchas maneras de curarme que no involucren cortar cebollas. Tampoco encuentro lógica para esto, porque vivo en un momento de la historia en el cual la mayoría de las curas vienen en pastillas. Pero apenas la fiebre baja tres o cuatro grados, cuando logro permitirme salir de la cama, sacar un pie de abajo de la colcha y acordarme, despacio, de que además de pie tengo cuello, estómago y manos, apenas eso pasa, me levanto, camino hasta la cocina, agarro una tabla y corto una cebolla. Me alegro si es morada. La pelo con la ternura del primer acto que uno hace por voluntad propia después de un rato, quizás después una noche entera de temblar y sudar. Y la corto en gajos con paciencia, viéndola deshacerse, queriendo masticarla cruda de un impulso, imaginando el sonido que haría en mi boca, su sabor crujiente, ácido, amargo. La cocino con otros ingredientes que no son tan importantes. Y cuando hierve, destapo la olla y acerco mi cara con lentitud, mi cara que ya estaba rosada de antes por la fiebre, mi cara de ojos brillantes, y respiro lo más hondo que puedo.
Él y yo pelamos cebollas moradas sentados en el marco de una ventana. Es de madrugada y hace mucho calor. Sudamos. Tiene un chuchillo muy afilado que acerca lentamente a mi cara. Ambos lloramos. Se vuelve un sueño sexual.
(Sueño)



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